17 de Agosto de 2020

Se acabaron las facultades extraconstitucionales que el presidencialismo en la época neoliberal ensalzó sin el mínimo pudor. La institución presidencial orienta sus facultades en la Carta Magna y el estilo de gobernar es propio de la personalidad de cada mandatario, pero con la enorme diferencia de que el presidente Andrés Manuel López Obrador cuenta con el respaldo legítimo de una gigantesca base electoral de más de 30 millones de personas que lo eligieron —y su historia se basa en la pulcritud política, la honestidad y su lucha real e imparable contra la corrupción.

Los presidentes en México, en síntesis, han tenido bajo su cartera: la política interior y exterior, la educativa, de salud, laboral, energía, agricultura, de seguridad social, agraria, el dominio del mar territorial, la regulación y rectoría económica, el medio ambiente, la seguridad pública, además, han sido jefes supremos de las Fuerzas Armadas; todo con poderes delegatorios en los distintos secretarios de su gabinete legal y ampliado.

Durante más de cinco décadas el Presidente de México, desde el Ejecutivo, era también encargado de organizar las elecciones, era juez y parte. En alguna ocasión hubo sólo un candidato a la Presidencia y ganó contundentemente (léase con total sarcasmo), en otras no muy lejanas el fraude formaba parte del habitual sistema corrupto. La democracia siempre fue una simulación.

Hoy, muchas decisiones del Presidente deben ser evaluadas y tramitadas en el Poder Legislativo, la Cámara de Senadores y la de Diputados ejercen facultades constitucionales que equilibran el Poder Ejecutivo. Hoy como nunca existe un respeto absoluto a todos los poderes y órdenes de gobierno.

La autoridad del presidente Andrés Manuel López Obrador, además de ser política, es moral. No ejerce actos autoritarios, mucho menos totalitarios o fascistas. Se prioriza el acuerdo y el diálogo como elementos básicos y vitales de la convivencia.

Es por ello que, incluso en su calidad de presidente electo, Andrés Manuel López Obrador inició con reuniones con los actuales gobernadores, como una práctica de alto oficio y estatura política.

“La forma es fondo”, decía don Jesús Reyes Heroles. La comunicación en el pasado de los presidentes neoliberales con los gobernadores era de absoluta subordinación. Eran una suerte de delegados estatales que soportaron un mal trato de empleados.

El presidente López Obrador ha mostrado una voluntad inquebrantable para crear un nuevo orden político, social y económico. Su postulado tiene como plataforma la lucha contra la corrupción, ésa es la base de la Cuarta Transformación de México.

Con esa congruencia, Andrés Manuel López Obrador ha dado claras muestras de respeto, solidaridad y fraternidad a los liderazgos estatales. Se acabaron los tiempos del manotazo y el ceño fruncido. La soberanía estatal es real y los gobernadores tienen absoluta libertad política.

La institución presidencial de la Cuarta Transformación no tiene ni de cerca los vicios del presidencialismo ilegítimo, anquilosado y anacrónico del pasado.

El poder del Presidente actual es el que le da el pueblo de México, el respaldo y aceptación populares crecen cada día más, es un hecho inédito, la respuesta está en dos factores, la gente se identifica con él como luchador social contra el abuso del poder y todo lo que ello significa. Además, el rompimiento entre el poder económico y el político. Ésa es la gran fortaleza.

Con los gobernadores del país debe mantenerse una relación institucional y de reciprocidad, donde la unidad nacional sea la principal agenda. Lo demás no es política.

Publicado a través de: https://www.excelsior.com.mx/opinion/ricardo-peralta-saucedo/la-institucion-presidencial-y-los-gobernadores-en-la-4t/1400251

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