22 de Junio de 2020

El sexenio de Felipe Calderón se recuerda por imágenes tristemente inolvidables, la de un civil sin insignias ni carrera militar portando un uniforme verde olivo de muy superior talla en todos los sentidos, agraviando la gallardía de nuestro honroso Ejército. Otra, por un monumento a la ignominia, el más grande homenaje mundial a la impunidad, inmortalizado en la Estela de Luz, un insulto diario al espectador sobre lo que no tiene utilidad social alguna, es viva evidencia del poder público sobre el gasto presupuestal ocioso.

La ilegitimidad que lo llevó al poder político es, sin duda, la base donde se fincó una serie de tragedias nacionales, el afán de congraciarse a toda costa fue el inicio de la barbarie, la sinrazón de acciones que tienen a México en una constante nota roja.

No hubo la sensibilidad para realizar un diagnóstico sobre la debilidad social, la realidad de las comunidades marginadas, la escandalosa situación de millones de jóvenes sin opciones de desarrollo personal, el abandono del sector salud, del educativo, del campo, de las organizaciones populares y sociales, eso simplemente nunca fue un imperativo prioritario para el ejercicio de su gobierno. Lo importante era buscar legitimarse desde el gobierno, ya que su ascenso con traspiés y un evidente fraude electoral marcaba una desastrosa administración desde el inicio.

La “guerra” contra el narcotráfico trajo consigo la detención de capos de distintos grupos de la delincuencia organizada, pero fue una cacería a modo. La compra de una membresía de campo cinegético orquestada sólo para favorecer a la estructura infiltrada en el más alto nivel de la seguridad pública federal; Genaro García Luna, su secretario, actualmente procesado en Estados Unidos por diversos delitos, se presume, fue el orquestador de tal estrategia, que no sólo no resolvió la problemática de violencia e inseguridad, sino que comenzó el incendio a la pradera que parece no tener fin.

Esa intentona de legitimación a través del uso irracional del fuego institucional no tuvo ningún efecto. Ni se legitimó ni se acabó la problemática del narcotráfico. Siempre fue impensable en esa administración ir al origen del fenómeno, nunca se analizó la pacificación, jamás se recordó a los olvidados históricos. Ahí también se agudizó la enorme brecha de desigualdades y discriminación convertida en odio contra los menos favorecidos. Una forma de persecución contra los pobres, los campesinos, los indígenas; los alejaron más, los humillaron y crearon un abismo para cercarlos cual centro de concentración, fascismo puro.

Hoy, después de casi nueve años, vemos reminiscencias de esos embates, ahora convertidos en una manifestación antipática en automóviles con el pretexto de la pandemia, lo cierto es que sus suelas de sus zapatos nunca han pisado la tierra de la realidad nacional.

Somos un pueblo fuerte que ha resistido, pero también plenamente convencido de lo que no quiere volver a vivir nunca más. No quiere esa colusión de poderes pervertidos para confundir en una nueva versión de guerra sucia, con noticias falsas como virus mortales para denostar, utilizando a sus sicarios monetizados que no paran de delinquir. Somos una nación que seguirá transformándose a pesar de los embates apátridas. Queremos que todos los mexicanos tengan todos los derechos. No unos cuantos. Ése es el único objetivo.

Texto publicado a través de: https://www.excelsior.com.mx/opinion/ricardo-peralta-saucedo/manifestacion-antipatica/1389549

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