29 de Junio de 2020

Hace más de 14 años he llevado a mis alumnos de la Facultad de Derecho de la UNAM de la materia de Teoría del Delito y la Ley Penal a presenciar necropsias. El homicidio merece tener una pertinente atención —no sólo por la habilidad de médicos forenses experimentadísimos del INCIFO, del Tribunal Superior de Justicia de la CDMX— de los técnicos, odontólogos, químicos y diversos peritos que aportan su sabiduría para conocer cuáles fueron los agentes que causaron la muerte del explorado. La vida y la salud son los principales bienes jurídicos tutelados por la ley que deben tener prioridad en cualquier sistema de gobierno.

En esas múltiples experiencias he buscado que los alumnos encuentren en el protocolo de necropsia la admiración a los profesionales por la gran atención que prestan a los detalles, la importancia que merece cualquier cadáver, no importa que sea un indigente o un personaje público, todos son tratados con respeto en la búsqueda de la verdad científica sobre lo que le causó la muerte.

Entre todos los cadáveres que ahí se analizan llaman la atención particularmente aquellos que aparecen con el dedo índice cercenado y depositado en la boca del occiso, o los que, una vez ejecutados, son envueltos en cobijas o con disparos en los ojos; escenas que ya no son tan escalofriantes frente a los descuartizados o disueltos en ácido, personas antes torturadas que llevan en sí un mensaje al grupo delincuencial contrario.

En los cuerpos de seguridad se sabe que los encobijados son personajes que no tienen más protección —están descobijados— y los que tienen el dedo índice en la boca es por haber denunciado o traicionado algún hecho. Pero eso cada vez es menos frecuente, los mensajes han variado con los años, los sicarios son cada vez más directos, no dejan nada a la imaginación o a la investigación policial. Hoy los mensajes son a entes institucionales, son de gremio delincuencial a organismo de seguridad pública o jueces. O son de cártel a cártel.

México ha tenido un largo historial de ataques a jefes policiacos, municipales, estatales, federales, militares, marinos o jueces, esas muertes no han sido en vano, porque sus integrantes han hecho espíritu de cuerpo y se congregan contra los enemigos del país. Por el contrario, pocos o nadie llora la muerte de un sicario.

El ataque a Omar García Harfuch es un mensaje de que el Estado mexicano está avanzando con firmeza y honestidad; que a cambio de plata vino el cobardísimo plomo. Nos alegra profundamente que haya sido una operación torpe y que no hayan logrado su objetivo.

Los mensajeros no lograron su cometido. Los mensajes del crimen organizado antes llegaban directo al secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, vía WhatsApp; como empleado de la delincuencia no tuvo riesgos de salud, porque perro no come perro.

Texto publicado a través de: https://www.excelsior.com.mx/opinion/ricardo-peralta-saucedo/mensajeros-del-narco/1390913

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