18 de Mayo de 2020

Sin duda, es una de las enormes aspiraciones del ser humano, cuando hablamos de poder político: “…el hombre se siente más hombre cuando se impone a los demás y los convierte en instrumentos de su voluntad…”, decía Bertrand de Jouvenel.

Para Napoleón, el poder era sentir la enorme circulación de energía desde su escritorio para toda Francia, transformada en su propia circulación personal, una forma de éxtasis.

El ejercicio del poder se convierte no sólo el del líder, sino que se hace comunitario cuando los correligionarios se llenan de orgullo e identidad con él.

Uno de los imperios más antiguos que a la fecha continúan su expansión mundial fue el chino; se tiene noticias de él, desde el año 221 antes de Cristo, y se prolonga su poderío por más de dos mil años. Su mayor filosofía era la conducta; las personas debían ser justas y ser absolutamente íntegras, la buena educación y los modales impolutos eran una característica habitual que se heredaba en cada generación.

En la antigua administración pública china, en la dinastía Han, se introdujo la figura de la meritocracia. Sin embargo, el emperador elegía a los hijos de los terratenientes para nombrarlos sus funcionarios. Además, contaba con una institución académica para prepararlos, la capacitación era exhaustiva, su educación era la única vía para el ascenso.

Una filosofía hizo del pueblo chino estar lejos del interés bélico: el confucionismo, esta herramienta cultural estaba difundida entre el gobierno y la población, era la regla máxima consuetudinaria. Confucio condenaba la violencia y, por ende, la guerra; quienes la ideaban y ejecutaban eran desterrados; priorizaba el humanismo, en un concepto completamente oriental.

China fue el primer imperio en utilizar un sistema de comunicación uniforme a través de una única escritura, distinta a las diversas lenguas, esto permitió que todas las regiones pudieran comunicarse ante la diferencia cultural que existía y existe. Un gran avance civilizatorio fue la eliminación de diversos objetos de intercambio de mercancías, como el trueque por jade o perlas, y se introdujo la moneda, única para la época. Todas esas acciones de gobierno y de poder fueron expandiendo la añoranza de nación.

La ciudadanía, la democracia, el derecho, entre otros legados, tienen orígenes en los grandes imperios como el romano. Se rompe la idiosincrasia del trato no individual, sino de los miembros de un estatus; pero, a la vez, se transforma en el cumplimiento de un contrato, de un acuerdo de voluntades y obligaciones.

La pasión del poder se debe mover al reconocimiento del individuo y de la razón. Todos nacemos por disposición de ley iguales y libres; pero en la realidad humana todos somos distintos en inteligencia, sexo, salud y fortaleza; la ambición por el poder tiene que ver precisamente con esas fortalezas o debilidades. La expansión territorial a costa de lo que sea, la colonización, las migraciones, la influencia colectiva.

Cuando el poder y la política se utilizan para el bien común, su ejercicio adquiere nobleza y legitimidad, no sólo desde el Estado, también los entes fácticos; su abuso los pervierte hasta el desdén social, el mayor e inclemente juzgador.

Texto publicado originalmente en: https://www.excelsior.com.mx/opinion/ricardo-peralta-saucedo/la-pasion-por-el-poder/1382570

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